El Dopaje del Siglo XXI

Titulo 2

Cada cierto tiempo, casi siempre cuando una competición importante está a punto de disputarse, los medios de comunicación se hacen eco de los rumores sobre la posible aplicación del dopaje genético en algún deportista. Pero, ciertamente, no hay nada confirmado, apenas algunas declaraciones de miembros de la AMA -Agencia Mundial Antidopaje- en las que no niegan la posible aparición de este tipo de dopaje en los JJ.OO. de Pekín 2008. Nada de eso aclara la situación y responde a la pregunta más importante: ¿Qué es el dopaje genético?, cuestión que desemboca en mucha otras: ¿Cómo funciona? ¿Se podría detectar? En +QFútbol hemos respondido a esas preguntas de la manera más sencilla posible, intentando desenmarañar toda la enredada relación de la genética y el deporte, con el apoyo de expertos en ambos temas que nos han ayudado a arrojar algo de luz sobre una sospecha, la del uso del dopaje genético, de la que todo el mundo ha oído hablar, pero de la que pocos saben en qué consiste realmente. Borja Pérez

¿Qué es? En términos científicos, el dopaje genético consiste en introducir ciertos genes o elementos genéticos en el cuerpo de un deportista para aumentar su rendimiento. En términos más concretos, conseguir un atleta con una musculatura más desarrollada que le permita correr más rápido, saltar más alto y lanzar más lejos, o un deportista cuyo resistencia al cansancio sea sobrehumana, pero no a través del entrenamiento o valiéndose de los dones que la naturaleza le ha otorgado, sino a través de la modificación de sus genes. A priori, puede parecer parte del argumento de una película de ciencia ficción, pero las noticias sobre experimentos en este campo y los rumores de la aparición de los primeros ‘deportistas genéticos’ han ido creciendo paulatinamente desde que se celebraron los JJ. OO. de 2004; de tal modo que, como ha afirmado en público el expresidente de la AMA (Agencia Mundial contra el Dopaje) Richard W. Pound, “la idea de que en Pekín puedan competir atletas modificados genéticamente es perturbadora, debemos luchar contra esto ahora, antes de que se convierta en una realidad”. De momento, las alarmas saltaron en febrero del año pasado, cuando Thomas Springstein -entrenador alemán del campeón olímpico de 800 metros en Sydney 2000, Nils Schuman- fue acusado de proporcionar a sus pupilos una sustancia denominada Repoxygen (desarrollada como una cura contra la anemia por la Universidad de Oxford, y que modificaría el gen que regula el número de glóbulos rojos que se tiene en la sangre, lo que relacionaría esa medicina con el dopaje genético). A día de hoy, el caso sigue sin juzgarse -aunque Springstein sigue sancionado por el COI- y la AMA no quiere expresar su opinión hasta que el caso se aclare. La organización que vela por la limpieza en el deporte no confirma ni desmiente los rumores sobre el dopaje genético, aunque esta práctica figura en la lista de métodos prohibidos para mejorar el rendimiento de los deportistas que tiene dicha organización desde el año 2003. Esta nueva técnica antideportiva nace, como señala el Dr. Olivier Rabin de la AMA, gracias al avance de la medicina: “Muchas de las sustancias que se utilizan en el dopaje en realidad representan grandes logros en los campos de la ciencia, pero se usan indebidamente”. En este caso, el dopaje genético es una consecuencia directa del desciframiento del genoma humano (proyecto del gobierno de EE.UU. que se inició en 1990 y que trece años más tarde ha conseguido identificar y averiguar la función de cada uno de los aproximadamente 25.000 genes que componen nuestro cuerpo) y de la terapia genética. Pero, para comprender qué podría hacer este tipo de dopaje en el cuerpo de un ser humano primero hay que entender la importancia de nuestros genes: la mayoría de nuestras características, enfermedades, aspecto, condiciones físicas y hasta parte de nuestra personalidad está regida en parte por nuestros genes y en parte por la influencia de nuestro ambiente (podemos nacer con un gran tono muscular que nunca llegaríamos a desarrollar totalmente si no lo entrenáramos con asiduidad). En algunos rasgos, los genes tienen mayor importancia y, en otros, es el ambiente el que marca la pauta pero, en general, son los dos en conjunto los que determinan quiénes somos. Los genes producen proteínas que forman nuestras células y les indican su funcionamiento. La terapia genética surge como una posible solución a una enfermedad provocada por un gen defectuoso que no funcionara adecuadamente -ya sea de nacimiento, por exposición a radiación…-, como la distrofia muscular (que provoca la atrofia progresiva de los músculos del cuerpo), el Parkinson o el Alzheimer. Con esta técnica se introduciría en el cuerpo enfermo un gen normal que sustituiría al defectuoso y que podría paliar el problema, si bien este tipo de tratamiento está todavía muy lejos de estar completamente dominado. Ahora bien, la pregunta que surge es: ¿Y si introdujéramos un gen normal en un cuerpo que no tiene ninguna disfunción? La respuesta a eso la tiene el dopaje genético. Primero se inyectaría un gen específico -por ejemplo, el que controla el crecimiento muscular- a través de la sangre de un deportista completamente sano. Ese gen se uniría al genoma del atleta y comenzaría a incrementar la función de las células diana (en este caso las responsables del crecimiento muscular); en términos prácticos, le aseguraría el desarrollo de una musculatura más fuerte que la de sus rivales de modo que, si se tratara de un corredor de 100 metros lisos, obtendría una ventaja sobre ellos al tener unas piernas más potentes. ¿Es sólo una teoría? Actualmente, se sabe que el profesor Lee Sweeney -del departamento de fisiología de la Universidad de Pensilvania- ha creado ratones y ratas manipuladas genéticamente con músculos más desarrollados, pero su utilización en seres humanos es todavía una idea lejana. Si se empieza a practicar, los mejores dotados genéticamente ya no lo serían de manera natural, más bien serían ‘mutantes genéticos artificiales’. No sería necesario inyectarse genes de guepardo, como se ha llegado a especular, para mejorar su rendimiento. Bastaría convertir un tratamiento -la terapia genética- que podría ser beneficioso para los deportistas (previniendo, por ejemplo, los casos de muerte súbita), en un modo de jugar con la naturaleza con peligrosos resultados. Los tres tipos de dopaje genético Alteración del factor de crecimiento muscular (IGF-1) Basado en los experimentos del profesor Lee Sweeny. Se introduce el gen que codifica el Factor de Crecimiento muscular, también llamado IGF-1 (una molécula secretada por el hígado y que, bajo órdenes de la hormona del crecimiento (http://es.wikipedia.org/wiki/Hormona_somatotropa), hace que crezcan nuestros huesos, cartílagos o músculos, conforme vamos cumpliendo años) en el cuerpo del deportista. Dicho gen alteraría el crecimiento muscular, proporcionando hasta un 20% de masa adicional. Este tratamiento nació como un estudio para averiguar cuánto afectaba el IGF-1 al cuerpo humano: su fin es la curación de lesiones musculares y atrofias provocadas por accidentes o virus. El profesor Sweeny dio una rueda de prensa en 2003 para explicar los avances del experimento y también hizo público que había recibido muchas peticiones de atletas para someterse al tratamiento con IGF-1. No dio ningún nombre aunque resaltó que, en ningún caso, aceptó la proposición (sobre todo porque el profesor es parte del comité que la AMA creó en 2003 para luchar contra el dopaje genético). Alteración del Factor mecánico del Crecimiento (MGF) Parecido al anterior; se trata de un estudio del profesor Geoffry Goldspink de la Universidad médica de Londres sobre otro de las moléculas que se encarga del desarrollo muscular. Está orientado a paliar los efectos de enfermedades genéticas como la distrofia muscular o la esclerosis lateral amiotrófica -la enfermedad que sufre el científico Stephen Hawking (http://es.wikipedia.org/wiki/Stephen_Hawking) y que paraliza los músculos del cuerpo de manera progresiva-. Según Goldspink, si se introdujera un hipotético gen que modificara el MGF en el cuerpo de un deportista sano, podría aumentar su musculatura de forma que podría prescindir del entrenamiento destinado a tal fin. Tanto este método como el del doctor Sweeny tienen la particularidad de suplantar procesos naturales del cuerpo: el entrenamiento diario interviene en el crecimiento muscular, aumentando de manera natural la producción endógena -propia del organismo- de las moléculas que provocan el crecimiento muscular, exactamente lo mismo que logra este tipo de dopaje de forma artificial. Ello hace difícil una posible detección mediante controles, algo en lo que la AMA está trabajando duramente. Modificación de la EPO Parece la más fácil de aplicar a corto plazo. Los deportistas que utilicen EPO o eritropoyetina (una hormona que hace que el cuerpo fabrique más glóbulos rojos, con lo que aumenta la resistencia al cansancio) ya no tendrán que inyectársela ni hacer complicadas operaciones para limpiar su sangre. Bastará con inyectarse el gen responsable de la producción de EPO, permitiendo que el cuerpo produzca más glóbulos rojos de forma natural y sin dejar rastros de eritropoyetina artificial. ¿Dónde y cuándo aparecerá? Hay varias fechas importantes en lo que respecta al dopaje genético. Aunque, sin duda, destaca la del 8 de agosto de 2008, el día de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín. Los organizadores y todos los comités olímpicos temen que aparezca el primer ‘deportista genético’ en la cita olímpica, pero nadie sabe si ya existe un atleta así en algún lugar del mundo. De hecho, entre los expertos que hemos consultado, ninguno niega esta opción y todos se remiten a la respuesta del presidente del panel de expertos dedicados al dopaje genético de la AMA, Theodore Friedmann, quien en una reciente entrevista y a la pregunta directa de: “¿Cree que ahora mismo ya hay casos de dopaje genético?”, respondió: “La única respuesta honesta que puedo dar es que no lo sé. Lo que sabemos es que en el mundo deportivo existe un interés creciente en el potencial del dopaje genético, y que figuras deportivas están abordando a algunos científicos que trabajan en curas genéticas potenciales para enfermedades musculares como la distrofia muscular o trastornos sanguíneos para indagar sobre el uso de los genes en el deporte”. Nadie puede controlar lo que ocurre en todas partes del mundo, así que las dos únicas opciones que le quedaban a la AMA eran: incrementar la financiación -siete millones de euros en 2006- para los estudios que buscan un método de detección de la modificación genética de atletas (uno de ellos está dirigido por el profesor Jordi Segura, de la Unidad de Investigación Farmacológica de Barcelona), y hacer público en todo momento la peligrosidad de este tipo de doping. Todo, sin dejar de lado las restantes formas de dopaje, ya que la alteración de genes no será un sustituto a corto plazo de ellas -es un tratamiento que necesita más medios e inversión- y, además, nadie garantiza que funcione, más allá del efecto placebo, mientras no existan resultados plausibles sobre seres humanos. No obstante, puede que algunos deportistas crean en los cantos de sirena del dopaje genético y se cieguen ante la posibilidad de conseguir una medalla, antes de evaluar los posibles riesgos de estas prácticas. La Legislación vigente Si la confirmación del dopaje genético como sustancia dopante por la AMA (2003) y la predecible aparición del primer deportista tratado con terapia genética (JJ.OO. de Pekín 2008) son dos episodios capitales en el pasado y el futuro de este tipo de doping, no es menos importante para el desarrollo de la terapia genética -y, por supuesto, de su uso fraudulento- la fecha en la que esta empiece a ser legal. Muchos países, como EE. UU., tienen estrictamente regulados todos los experimentos que se realizan con transferencia de genes; en ese país, todos los estudios que impliquen la utilización de estas técnicas deben estar aprobados por la Administración de Drogas y Alimentos (FDA) y por el comité asesor en materia de ADN, dos organismos que no suelen dejar el camino libre a investigaciones llenas de matices éticos que hacen chocar la posición de los médicos y de los políticos. En Europa, la mayoría de naciones que tienen en marcha estudios clínicos -Inglaterra, Alemania, Francia, Italia o Suecia-, cuentan con legislaciones que limitan el ámbito de actuación de la terapia genética y que dependen de la Declaración Universal sobre el Genoma y los Derechos Humanos del 11 de noviembre de 1997 y el Convenio del Consejo de Europa sobre Derechos Humanos del 4 abril de 1997. El problema reside en los países que todavía no han tomado una determinación exacta sobre qué tipo de estudios o pruebas se pueden hacer manipulando genes (como España), lo que provoca un vacío legal que no prohibiría cierto tipo de experimentos aunque sí castigaría su uso en deportistas -si se consiguiera descubrir-, y en aquellos otros que mantienen regimenes políticos muy poco aperturistas y que anteponen sus ansias de copar los primeros puestos al juramento hipocrático. El desarrollo de la ingeniería genética actual y el desciframiento del genoma humano permite saber cómo sería el método que se utilizaría para reparar un gen dañado (el objetivo de la terapia genética) o aumentar las funciones de un gen normal (que es el del dopaje genético) con bastante exactitud. Al menos así lo afirma Theodore Friedmann: “Tanto si el gen que se inserta sustituye a uno defectuoso como a uno normal, los científicos tienen que utilizar un método para transportar los genes al genoma del paciente, conocido como vector. Esto se hace transfiriendo el gen a través de un virus inocuo para el cuerpo humano”. Para ello, antes hay que sintetizar el gen que interesa en cada momento (el estudio del genoma humano ha cuantificado en 5.000 los genes que tienen influencia directa en las habilidades atléticas de una persona). “Los virus son como caballos de Troya”, señala Friedmann: “Se introduce en el cuerpo del paciente, descarga el gen que contiene que, inmediatamente, pone en marcha el proceso que terminaría, en el caso del dopaje genético, con un incremento del tono muscular por ejemplo”. La teoría parece sencilla y se sabe que se cuenta con la tecnología necesaria para aplicarla en cualquier paciente. Sin embargo, aún existen algunos inconvenientes que lastran su aplicación en gran escala. El primero de ellos es de carácter económico: se necesitan presupuestos millonarios para crear un laboratorio capaz de sintetizar los genes necesarios. El segundo problema es su efectividad: como dice Thomas Murray -experto en bioética y miembro de la AMA-, “la transferencia genética es posible, pero queda saber si es efectiva. Es como si disparáramos a un objetivo muy pequeño con una escopeta de perdigones; algunos darían en el blanco sí, pero de momento no sabemos cuáles”. El tercer inconveniente -y el más peligroso- es la seguridad del tratamiento. El experimento más avanzado sobre la terapia genética es el que intenta buscar la cura al síndrome de inmunodeficiencia combinada grave (SCID), también conocido como la enfermedad de los “niños burbuja” (estos niños portan un gen defectuoso que es el encargado de gestionar todo el sistema inmunitario -las defensas- de su cuerpo, sin ellas, un simple resfriado podría matarles, por lo que deben vivir aislados de todo contacto exterior). Unos investigadores franceses encontraron el gen responsable e insertaron copias sanas de ese mismo gen en la sangre de once niños; las primeras noticias fueron alentadoras, ya que la mayoría de los pacientes comprobaron como su sistema inmunológico comenzaba a funcionar, pero poco después uno de los niños empezó a desarrollar leucemia. En 2006 se hicieron públicos los resultados finales del ensayo en la revista Nature. Dos niños más tenían leucemia: uno murió y el otro venció a la enfermedad; tras esto quedó claro que la terapia genética dista mucho de estar completamente dominada. La transferencia del gen al cuerpo del enfermo parece funcionar en todos los casos, pero no se pueden asegurar ciertas secuelas. En el caso del ensayo realizado en Francia, los genes introducidos les salvaron la vida, pero después actuaron como asesinos silenciosos, ya que las defensas -los glóbulos blancos- que habían creado se descontrolaron y empezaron a proliferar más de lo debido, provocando la leucemia en los niños. ¿Cómo funciona? El desarrollo de la ingeniería genética actual y el desciframiento del genoma humano permite saber cómo sería el método que se utilizaría para reparar un gen dañado (el objetivo de la terapia genética) o aumentar las funciones de un gen normal (que es el del dopaje genético) con bastante exactitud. Al menos así lo afirma Theodore Friedmann: “Tanto si el gen que se inserta sustituye a uno defectuoso como a uno normal, los científicos tienen que utilizar un método para transportar los genes al genoma del paciente, conocido como vector. Esto se hace transfiriendo el gen a través de un virus inocuo para el cuerpo humano”. Para ello, antes hay que sintetizar el gen que interesa en cada momento (el estudio del genoma humano ha cuantificado en 5.000 los genes que tienen influencia directa en las habilidades atléticas de una persona). “Los virus son como caballos de Troya”, señala Friedmann: “Se introduce en el cuerpo del paciente, descarga el gen que contiene que, inmediatamente, pone en marcha el proceso que terminaría, en el caso del dopaje genético, con un incremento del tono muscular por ejemplo”. La teoría parece sencilla y se sabe que se cuenta con la tecnología necesaria para aplicarla en cualquier paciente. Sin embargo, aún existen algunos inconvenientes que lastran su aplicación en gran escala. El primero de ellos es de carácter económico: se necesitan presupuestos millonarios para crear un laboratorio capaz de sintetizar los genes necesarios. El segundo problema es su efectividad: como dice Thomas Murray -experto en bioética y miembro de la AMA-, “la transferencia genética es posible, pero queda saber si es efectiva. Es como si disparáramos a un objetivo muy pequeño con una escopeta de perdigones; algunos darían en el blanco sí, pero de momento no sabemos cuáles”. El tercer inconveniente -y el más peligroso- es la seguridad del tratamiento. El experimento más avanzado sobre la terapia genética es el que intenta buscar la cura al síndrome de inmunodeficiencia combinada grave (SCID), también conocido como la enfermedad de los “niños burbuja” (estos niños portan un gen defectuoso que es el encargado de gestionar todo el sistema inmunitario -las defensas- de su cuerpo, sin ellas, un simple resfriado podría matarles, por lo que deben vivir aislados de todo contacto exterior). Unos investigadores franceses encontraron el gen responsable e insertaron copias sanas de ese mismo gen en la sangre de once niños; las primeras noticias fueron alentadoras, ya que la mayoría de los pacientes comprobaron como su sistema inmunológico comenzaba a funcionar, pero poco después uno de los niños empezó a desarrollar leucemia. En 2006 se hicieron públicos los resultados finales del ensayo en la revista Nature. Dos niños más tenían leucemia: uno murió y el otro venció a la enfermedad; tras esto quedó claro que la terapia genética dista mucho de estar completamente dominada. La transferencia del gen al cuerpo del enfermo parece funcionar en todos los casos, pero no se pueden asegurar ciertas secuelas. En el caso del ensayo realizado en Francia, los genes introducidos les salvaron la vida, pero después actuaron como asesinos silenciosos, ya que las defensas -los glóbulos blancos- que habían creado se descontrolaron y empezaron a proliferar más de lo debido, provocando la leucemia en los niños. ¿Cómo será el deportista genético? Antes de nada hay que definir lo que sería un atleta de élite; según Francisco Miguel Tobal, médico especialista en Medicina de la Educación Física y el Deporte: “Antes del dopaje genético, el mejor deportista era aquel cuyos genotipos (el conjunto de genes de un individuo) le otorgaban una serie de ventajas respecto a los rivales -por ejemplo, mayor altura y envergadura de brazos en el baloncesto- y se complementen con el mejor conjunto de fenotipos posibles (la expresión de nuestros genes). Es decir, y siguiendo el ejemplo, que la predisposición que otorgan los genes de un jugador de baloncesto a tener una altura por encima de la media se vea implementada con el entrenamiento -esto sería la influencia del ambiente-, con lo que el deportista habrá desarrollado una altura mayor de que la que simplemente le otorgaban sus genes”. Con la ‘supuesta’ llegada del dopaje genético, el deportista que no haya tenido una dotación genética sobresaliente podrá modificar algunas características para igualarse con los mejores. Sin embargo, hay que saber que no todos nuestros rasgos tiene la misma importancia en la herencia genética, algunos factores -como la fuerza de nuestros músculos- dependen más de nuestros genes que de nuestro entrenamiento, pero otros -como el tiempo de reacción, importantísimo para los corredores de 100 metros lisos- tienen que ver más con el entrenamiento. Los médicos de la AMA prevén tres posibles vías de desarrollo del dopaje genético: Aumento de las fibras musculares blancas Las fibras blancas se llaman también ‘fibras de contracción rápida’, se encuentran sobre todo en los músculos que rodean las extremidades, que suelen ser grandes y poco elásticos. Estas fibras las desarrollan más los atletas que compiten en pruebas explosivas, en las que priman más la velocidad que la resistencia: carreras atléticas hasta 400 metros, lanzamiento de peso, salto de altura, de longitud; los gimnastas, jugadores de balonmano… También se utilizan en halterofilia, en las pruebas cortas de natación (como los 50 metros libres). Estos músculos utilizan como combustible primario la glucosa -el azúcar-. Dos ejemplos: Velocista Si un atleta de pruebas de velocidad utilizara el dopaje genético para desarrollar sus fibras blancas, la musculatura de sus piernas aumentaría en volumen y en calidad: sus músculos serían capaces de contraerse y estirarse más rápidamente aumentado su potencia en carrera, es decir, que podría dar más zancadas y aumentar el número de metros que avanza con cada una de ellas. Gimnasta Son deportistas que utilizan toda la musculatura de su cuerpo para ejercicios que combinan saltos, fuerza y sentido del equilibrio. Con el dopaje genético los gimnastas podrían aumentar prácticamente todos los músculos que poseen fibras blancas en su cuerpo, desde extremidades superiores hasta inferiores. Además, podrían aumentar su masa muscular en el tronco, lo que es muy necesario para mantener las difíciles posturas y el equilibrio en los giros. Aumento de fibras musculares rojas También llamadas fibras de contracción lenta. Predominan sobre todo en los músculos del tronco, pero están repartidas por todo el cuerpo. El oxígeno es el principal combustible para este tipo de fibras; estas están rodeadas de capilares y son ricas en mioglobina (la sustancia que le da el color rojo): estos dos elementos se encargan de hacer llegar el oxígeno al músculo más rápidamente, a más oxígeno recibido, mayor es el rendimiento muscular. Son propias de atletas de medio fondo, maratón, nadadores de grandes distancias, triatletas, ciclistas, esquiadores de fondo… Estos deportistas tienen fibras rojas en la mayoría de sus músculos, los que les hace desarrollar una musculatura menos voluminosa que la de los velocistas pero, a la vez, mucho menos dada a la fatiga. Así, donde un velocista necesita que sus músculos se contraigan y extiendan con mucha rapidez, un fondista requiere músculos elásticos, que gasten poca energía (poco oxígeno) y que sean resistentes. Fondista En este caso, el dopaje genético no se utilizaría para aumentar el volumen de los músculos del atleta, ya que este no requiere músculos más anchos, sino que se fatiguen menos, por lo que no se desarrollarían el número de fibras blancas, sino el de las rojas. Físicamente, el atleta no tendría un tono muscular que destacara a simple vista, pero las fibras de su organismo podrían transportar el oxígeno de forma mucho más veloz, con lo que llegarían al límite del agotamiento y el cansancio mucho más tarde. Músculos desarrollados: (Tronco): abdominales, todos los de esa zona., (tren inferior): soleo, recto anterior, cuadriceps. Aumento de la molécula de EPO La EPO es una molécula producida por el riñón y el hígado -en una proporción de 90%/10%-. Regula la cantidad de glóbulos rojos que tiene el cuerpo, de modo que cuando se esté realizando un gran esfuerzo físico, los músculos dispongan de más oxígeno para mantener la intensidad del esfuerzo durante más tiempo. Ciclista Con el dopaje genético, un deportista no tendría que inyectarse EPO artificial o entrenarse en algún lugar que se encuentre por encima del nivel del mar (donde el oxígeno es menos abundante y el cuerpo humano -a través de la EPO- fabrica más glóbulos rojos para compensar esa falta de oxígeno) para tener un rendimiento superior al resto. Bastaría con inyectarse un gen que fabricaría más EPO de manera natural, con lo que aumentaría el número de glóbulos rojos en la sangre como si el cuerpo del deportista lo hiciera de manera natural. ¿La duda? Los métodos de dopaje genético actuales permiten modificar el físico de un atleta, pero nadie sabe qué pasará más adelante. Mucho se ha hablado sobre mezclar genes humanos con genes de animales para obtener mejor rendimiento: combinar genes de canguro para conseguir saltar más alto, reflejos felinos… Pero todos los especialistas dilapidan esa opción a corto plazo dado que los tratamientos de terapia genética no están dominados a día de hoy. Pero hay otra opción que parece más cercana, sería la de los atletas a la carta, es decir, modificar genéticamente un ser humano para hacerlo perfecto: la capacidad pulmonar de Indurain, las piernas de Carl Lewis, los brazos de Nadal… cualquier cosa podría ser posible. En este momento la tecnología aún no ha avanzado lo suficiente como para hacer todo esto posible pero, cuando el atleta a la carta sea una realidad, seguramente habrá que reconsiderar las posturas acerca del dopaje: Por ejemplo, ¿podría considerarse dopaje el nacimiento de un ser humano predestinado genéticamente para ser un deportista de élite? ¿Cómo detectarlo? Desde que la AMA incluyó en 2003 el dopaje genético en su lista de métodos prohibidos, la organización internacional comenzó a tomar medidas para intentar saber más acerca de esta práctica ilegal. Para ello, fomentaron las reuniones con deportistas de todo el mundo para explicarles los peligros de algo tan experimental como la terapia genética y crearon un panel de expertos que mantuvieran a la AMA a la vanguardia en cuanto a la detección de este tipo de tratamientos. Hasta ahí todo bien, pero la agencia pronto encontró una seria dificultad: si al insertar un gen en un cuerpo humano este ya forma parte de él, ¿cómo se sabe si se trata de un gen nuevo o ha estado ahí siempre? Las investigaciones de la AMA ya han dado su fruto en este aspecto: el gen introducido no deja pistas, pero sí lo hace la proteína que sintetiza, la cual se puede medir. Además, el gen puede tener un efecto sobre otros, creando firmas genómicas -patrones o pistas que se pueden seguir para descubrir rastros de dopaje genético-. Según David Howman, director general de la AMA: “El método de detección será similar al que usan los astrónomos para encontrar planetas: no pueden ver el planeta, pero saben que está ahí al observar el efecto que su gravedad ejerce en los objetos cercanos que sí son visibles”. A día de hoy, hay cuatro proyectos financiados por la AMA que pueden convertirse en cuatro análisis para detectar el dopaje genético: 1) Detección a través de los glóbulos blancos de la sangre Con un solo análisis de sangre, se podría saber si el deportista ha sido tratado con un gen que modifique el comportamiento de la hormona del crecimiento (buscando incrementar el nivel de masa muscular del individuo). Este gen afecta también a los leucocitos -los glóbulos blancos o las células que se encargan de la defensa de nuestro cuerpo-. La prueba permitirá descubrir en menos de un día si las células han sido modificadas genéticamente o no. Un test parecido ya se utilizó en los JJ.OO. de Atenas y los de invierno de Turín en 2006 (se sospechaba que algunos atletas estaban modificando su hormona del crecimiento mediante medicamentos, sin utilizar la genética). Es el estudio más avanzado pero, al tratarse de una prueba complicada de realizar, la AMA buscó un colaborador en el desarrollo de este control antidoping: la empresa alemana CMZ-Assay es la encargada de suministrar tanto los equipos necesarios para el test como la técnica adecuada para realizarlo; prevén que todo estará listo para finales de este mismo año. 2) Detección de la modificación del factor de crecimiento Este estudio lo dirige Theodore Friedmann y se ha llevado a cabo en la Universidad de San Diego (California). Una modificación del factor de crecimiento sirviéndose del gen adecuado para ello podría ser detectada (pese a que en principio parecía imposible distinguir entre la IGF-1 producida de manera natural por el cuerpo y la que se ‘crea’ tras introducir un gen) gracias a una pista que deja en la sangre; de esta forma, muchas células y tejidos afectados por la administración de IGF-1 llevarían su marca: una especie de firma (patrones anormales de información genética) que incriminarían al deportista dopado. De momento, Friedmann no ha hecho ninguna estimación sobre cuándo estará disponible como test antipodping. 3) Detección de dopaje genético a través de imágenes moleculares Mediante una resonancia magnética nuclear (http://es.mimi.hu/medicina/resonancia_magnetica.html) y un líquido de contraste muy avanzado que se inyectará en el deportista analizado, se conseguirá una imagen molecular de este. La ‘foto’ permitirá detectar cualquier cambio en la información genética de los tejidos del cuerpo del deportista, es decir, que si introducimos el gen que manipula la EPO, algunos tejidos -como los músculos- se verían afectados también por el mismo gen. Esta forma de detección está siendo investigada por el profesor Jordi Segura de la Unidad de Investigación Farmacológica. Buscando detectar la alteración de la EPO, el científico australiano Robin Parisotto ha desarrollado una prueba que también utiliza imágenes moleculares. Se prevé que esté lista dentro de dos años. 4) Programa global de detección del dopaje genético Se trata de un estudio dirigido por Jane Roberts desde el Laboratorio HFL, uno de los más antiguos del mundo: realiza controles antidopaje desde 1967. Propone un enfoque más global y práctico: el dopaje mediante manipulación genética alterará los genes de varios tejidos accesibles (como la mucosa bucal); estas variaciones podrían detectarse con técnicas muy avanzadas que identificarían patrones de genes asociados al dopaje genético. En teoría, sería la técnica más sencilla de aplicar -sólo habría que conseguir una muestra de mucosa bucal, como se hace con los test de paternidad-. Sin embargo, todavía queda por saber si se podrá aplicar en la práctica, ya que aún no está claro si un gen introducido en el cuerpo con una única función -como aumentar la masa muscular- puede alterar otros tejidos que no tienen mucho que ver con dicha función. Otros casos sonados de dopaje El caso de la RDA Fue el primer escándalo relacionado con el dopaje que se hizo público. Durante más de tres décadas -desde los años 60 hasta la caída del muro de Berlín en 1989-, 10.000 atletas que formaban -República Democrática Alemana- fueron dopados mediante pastillas. Favorecido por la Guerra Fría y el oscurantismo que se vivía en la Alemania dominada por la URSS, la RDA trató de tú a tú a EE.UU. y a la propia ‘madre Rusia’ en todos los Juegos Olímpicos y competiciones atléticas durante 25 años. En 2000, Ewald Hoeppner, director médico del ministerio de deportes en aquella época, fue puesto en libertad condicional tras ser condenado por causar daños físicos 142 mujeres deportistas en la RDA. Algunas de esas mujeres declararon en el juicio que consumían, bajo recomendación de los médicos, hasta 30 pastillas diarias. Los efectos secundarios de esa dieta de medicamentos (que contenían esteroides -hormonas masculinas- en su mayor parte) se han visto con el tiempo: la mayoría de las atletas han sufrido cáncer, problemas en el hígado, disminución de su pecho, masculinización de su voz, abortos y nacimientos de niños deficientes… Todo ello por no hablar del caso de Heidi Krieger, quien empezó a tomar los esteroides -en forma de cinco pastillas azules diarias- a los 13 años por indicación de su entrenador y que, en 1987, empezó a sentirse más como un hombre que como una mujer. La historia terminó en 1997 con una operación de cambio de sexo: Heidi se convirtió en Andreas. Su operación se explica si se sabe que tomaba incluso el triple de la ración diaria de esteroides que le recomendaban los ‘médicos’. Otras atletas no han encontrado todavía una solución a su problema, como Katarina Bullin -medalla de plata con la selección de la RDA de voleibol en Moscú’80-, que lleva más de diez operaciones en sus articulaciones debido a la administración de anabolizantes y calmantes por parte de los ‘médicos’. Las lesiones que sufrió entonces fueron enmascaradas por otros fármacos, lo que lo que ha derivado en su actual estado. La demanda de todos los deportistas afectados ha dado sus frutos: 167 víctimas del dopaje recibirán 9.250 euros de indemnización por parte del Comité Olímpico Alemán y de la empresa farmacéutica que preparaba los esteroides, Jenapharm. En 2004, ya hubo otra demanda colectiva de 175 atletas: consiguieron 9.688 euros por cabeza. El dopaje en el ciclismo Es el deporte más asociado al dopaje, al menos en el siglo XXI. Todo comenzó con el escándalo del equipo Festina durante el Tour de 1998. El masajista del equipo francés, Willy Woet, fue detenido con 400 frascos de sustancias prohibidas: Woet involucró a toda la cúpula del equipo y el Festina fue expulsado de la carrera francesa. Durante la disputa de la prueba, los corredores del conjunto francés fueron interrogados y, ante la evidencia de las pruebas, todos confesaron su culpabilidad en los interrogatorios excepto Richard Virenque, quien negaba una y otra vez su implicación. Las sanciones no tardaron en llegar: los suizos Alex Zülle, Laurent Dufaux y Armein Meller fueron condenados a ocho meses de inhabilitación. Virenque se retiró y, poco después, también fue formalmente condenado por doparse. La carrera, que se seguía disputando mientras tanto, fue muy convulsa: las discusiones entre el director del Tour, Jean Marie Leblanc, y los de los equipos, fueron constantes. Desde entonces, nada ha vuelto a ser lo mismo en el ciclismo, el dopaje ha salpicado a grandes campeones como Marco Pantani o Jan Ullrich. Tras la Operación Puerto, llevada a cabo por la policía española en el año 2006, parecía que iba a haber un antes y un después en el ciclismo, en el que nunca más se volvería a hablar de EPO, anabolizantes u otras sustancias dopantes. La UCI -Unión Ciclista Internacional- incrementó, si cabe, el rigor de los controles que pasaban los ciclistas: a los análisis de sangre por sorpresa, que ya eran tradición en el pelotón, se unieron un contrato que obligaba a todos los profesionales a donar su sueldo de un año en caso de dar positivo en algún test antidoping, así como el control exhaustivo de los entrenamientos en solitario de los corredores (quienes tenían que estar disponibles para pasar cualquier tipo de prueba que le ordenara el equipo, así como facilitar en qué lugar se estaba entrenando y en qué condiciones). Todos los ciclistas pasaron por el aro y admitieron estas imposiciones: así se inició el Tour 2007. En las tres semanas que duró la ronda francesa, el ciclismo sufrió el tiro de gracia: el líder Rasmussen tuvo que abandonar la carrera porque había vulnerado la reglamentación de la UCI (no estuvo localizable durante el mes de junio cuando su equipo le requirió para un control). Además, otros ciclistas de renombre como Alexander Vinokourov, Patrick Sinkewitz, Cristian Moreni y Alessandro Petacchi tuvieron que dejar la carrera por dar positivo por EPO u otras sustancias. El Caso BALCO Balco era el nombre del laboratorio médico más famoso de San Francisco, EE.UU. Entre sus clientes contaba con atletas como Marion Jones -campeona olímpica y del mundo en 100 y 200 metros-, Tim Montgomery -campeón olímpico de 4x100 en Sydney y antiguo ex recordman mundial de 100 metros, con 9,78 segundos-, Kelly White -campeona del mundo de 100 y 200 metros en Paris 2003- y Alvin Harrison -medalla de plata en 400 metros en Sydney 2000-. Su éxito en las pistas hablaba por sí mismo de la eficacia de los métodos médicos que seguían en Balco. Todo cambió en 2003, a pocos meses de la celebración de lo JJ.OO. de Atenas: la Agencia antidopaje americana empezó a investigar el laboratorio, las actividades que allí se realizaban y a su presidente Víctor Conte. Las intervenciones llegaron: se confiscaron frascos, muestras y medicamentos que probaban sobradamente la utilización de esteroides y EPO. Los resultados de todas estas investigaciones fueron diversas sanciones: a Harrison, White y Montgomery se les despojó de todos los títulos que habían obtenido desde 2001 (año en el que empezó su relación con el laboratorio de San Francisco), lo que también ocurrió con otros deportistas de la liga nacional de béisbol americana y con los jugadores de los Oakland Raiders, de la NFL (http://es.wikipedia.org/wiki/National_Football_League). Marion Jones nunca fue sancionada oficialmente, pero cayó en una depresión por ser vista como una tramposa de la que todavía no has salido, hoy en día piensa en la retirada.