Steve Prefontaine: "It's more than a race" (Es más que una carrera)

Deportistas con Corazón

Rendirse no es una opción. Esa era la filosofía en la vida y en el atletismo de Steve Prefontaine, cuyo legado esté representado en muchos deportistas actuales que superan sus límites y aprietan los dientes ante una situación de apuro… Su lucha contra los elementos, su forma de correr y su entusiasmo ayudaron a crear la imagen del atleta moderno. Borja Pérez

Para situar a ‘Pre’ (como se le llamaba coloquialmente) hay que ‘viajar’ a los años 70. En los Estados Unidos se vive una auténtica pasión por las pruebas de atletismo, cuyos participantes, en su mayoría estudiantes universitarios, competían por establecer la mejor marca. Muchas de las figuras de los EE. UU. salieron de esas pruebas: es el caso de atletas como Dick Fosbury o Bob Beamon. Pero, en el medio fondo, el rey era Steve Roland Prefontaine (25 de enero de 1951). Sus récords perduraron durante muchos años en todas las distancias que van desde los 1.500 metros hasta los 10.000. Fue portada de Sports Illustrated con 19 años y campeón nacional de 5.000 metros en 1971 y 1973 (a día de hoy, todavía mantiene la mejor marca de un norteamericano en esa distancia, con 13’21’’) y eso en tan sólo dos años. EE. UU. sentía que había encontrado agua en el desierto: la más cercana posibilidad de conseguir una medalla en unas disciplinas, 1.500, 5.000 y 10.000, en las que nunca habían cosechado ningún éxito.

La aparición de Bowerman

Era el comienzo de la época dorada de Steve: hizo popular el atletismo como un deporte vistoso y espectacular y logró, además, fama y reconocimiento (las camisetas con la leyenda ‘Go Pre’ se vendían por todo Estados Unidos). Pero, pese a todo, Pre seguía siendo el mismo que había empezado a despuntar en el Instituto Marshfield del estado de Oregón. Allí, además de estudiar, compatibilizaba tres trabajos para ahorrar algo de dinero, a lo que contribuía con su nulo gasto en transporte público: todos sus desplazamientos los hacía a la carrera (y midiendo sus tiempos), lo que le provocó algún que otro disgusto con la policía local, que no entendía que hacía un chico rubio y enclenque corriendo como loco por las calles. Era un optimista por naturaleza, un cabezota que creía en sus posibilidades; su filosofía en las carreras era bastante sencilla: “Salgo a correr, me pongo en cabeza desde la primera vuelta y gano”.

Muchos entrenadores podían discutirle sus métodos, pero no sus resultados (llegó a acumular 11 victorias consecutivas en la milla)… de hecho sólo un preparador fue capaz de creer que podía hacer mejor a Pre, y se lo notificó por escrito en una escueta nota enviada por correo: “Si vienes a la universidad de Oregón podrás ser el mejor corredor de larga distancia del mundo”. El autor de esta inquietante oferta era Bill Bowerman, entrenador del equipo de atletismo de esa universidad, y el mayor experto en carreras de medio fondo de EE. UU. Bowerman fue el único que consiguió dominar a la bestia, aunque sólo un poco. Logró mezclar la ética de trabajo de Pre (minuciosa y perfeccionista como la del mejor relojero suizo) con ciertas mejoras en su forma de correr para que dosificara sus esfuerzos. El viejo Bill sabía que tenía un diamante en bruto, un atleta con una capacidad de sacrificio increíble (su umbral de dolor estaba muy por encima del ser humano normal, lo que le llevaba a acelerar el ritmo aun cuando su corazón estaba a punto de explotar por la fatiga) y se dedicó a cuidarlo como si fuera su propio hijo: charlaban durante horas sobre atletismo, comía y cenaba en su casa y fue el primero en probar las novedosas zapatillas de Bowerman: hechas a medida y tan ligeras que convertían a todas las demás en un par de zuecos holandeses. Pre no llegó a saberlo, pero era el primer ‘conejillo de Indias’ de la marca Nike… Bowerman y Pre, padre e hijo, tuvieron una relación de lo más fructífera: consiguieron el Campeonato Nacional Universitario durante 4 años consecutivos y lo que es más importante, la clasificación para los Juegos Olímpicos de Munich 1972. Steve correría los 5.000 con 21 años y Bill sería el entrenador del equipo olímpico de atletismo. Todo un sueño

‘Stop Pre’

Steve llegó como favorito a Múnich, donde la consigna que seguían sus rivales en Oregón (‘Stop Pre’ –parad a Pre–) había traspasado fronteras, como su fama. Steve no tuvo muchas dificultades para llegar a la final y de paso pudo valorar la valía de sus rivales. La final fue extraña, como todas las competiciones que se celebraron después del atentado de los terroristas palestinos. La tensión era más que palpable en todos, pero parecía haber agarrotado al normalmente risueño Pre. Con el pistoletazo de salida todo el mundo esperaba que Steve se pusiera a ‘tirar’ del grupo como era su costumbre, pero no pasó. Por primera vez, el atleta indomable seguía los consejos de Bowerman. No fue una buena idea. Pre no estaba acostumbrado a vivir entre las apreturas del pelotón y tuvo que aguantar golpes, conatos de zancadilla y ver como el resto de los atletas lo encerraba en la cuerda (Línea de 5x5 cm y 400 de perímetro que delimita el interior de la pista de atletismo). Su amor propio le dio fuerzas extra para lanzar un ataque seco desde muy lejos (hizo la penúltima vuelta en 61 segundos), pero no lo suficientemente efectivo como para alejar a Lasse Viren y Mohamed Gamoudi, dos rivales con un último sprint impresionante. Consiguieron superar a Pre cuando sólo faltaban 150 metros, aunque antes de rendirse éste intentó dos últimos 'sprints': el primero fue cortado por Gamoudi, el segundo estaba impulsado por su fe, pero no refrendado por sus fuerzas, que se encontraban al límite. Consciente de su fracaso y extenuado, Pre se dejó ir, y fue también alcanzado en última instancia por Ian Stewart, el mítico corredor inglés. Steve Prefontaine había sido cuarto, había perdido su primera carrera desde hacía mucho tiempo, había fracasado en su sueño; había fracasado en los Juegos Olímpicos.

Y el cielo se despeja…

La derrota de Múnich fue un duro golpe para Pre en muchos sentidos: durante su participación en los JJ. OO. había constatado como los atletas europeos recibían dinero de sus gobiernos por su condición de deportista. Además, podían decidir donde competir y firmar contratos de publicidad para recibir más ingresos. Pre, por su parte, tenía que vivir en una caravana por la que pagaba 60$ al mes, trabajar todas las noches como camarero y competir donde le ordenaba la AAA (Asociación de Atletas Amateur), de quien se tenían fundadas sospechas de corrupción. Prefontaine lideró a la rebelión de los atletas contra su federación, con declaraciones como: “Nos exigen medallas, pero nuestro país no nos da nada a cambio”. Fueron momentos muy duros para él: la federación le retiró el status de ‘olímpico’, un golpe bajo para alguien que había rechazado 200.000$ de la época por correr en el circuito profesional de la Federación Internacional de Atletismo.
Steve consiguió recuperarse con el apoyo de Bowerman y una sola medicina: competición y más competición. La pista de Hayward Field (Eugene, Oregón) volvió a ver correr a su estrella (manteniendo viva la leyenda que aseguraba que el cielo se despejaba cuando Pre salía al tartán). Su última carrera la disputó allí el 29 de mayo de 1975: ganó los 5.000 metros con un tiempo de 13’23”, a sólo dos segundos de su record personal. De nuevo era favorito para los JJ.OO. de Montreal. Era imbatible en los EE. UU., una figura mediática… pero todo se diluyó al día siguiente. Pre moría en un accidente de coche volviendo de una fiesta y en circunstancias muy confusas: se achacó su muerte a un exceso de alcohol en sangre (pero su tasa era sólo ligeramente superior a la permitida), lo que en un país tan acostumbrado a la paranoia desató todo tipo de dudas.
La realidad es que Steve Prefontaine murió a los 24 años, cuando ya era un icono. Pero su herencia va más allá que sus récords (especialmente el de 5.000 metros), que siguen vigentes 33 años después de su muerte. En 1978, la AAA fue investigada por el Gobierno estadounidense por desfalco y, fruto de ello, se permitió a los atletas participar en los JJ. OO. como profesionales. También fue el inspirador de la forma de entender el deporte de la empresa Nike y, más importante aún, demostró que la fe en las propias posibilidades tiene tanta importancia como el talento. En sus propias palabras: “Cuando la gente me pregunta por qué corro, les respondo que muchas personas corren para ver quién es el más rápido. Yo corro para ver quién tiene más agallas”. Y eso lo decía alguien que ganó 120 de las 153 carreras que disputó. De momento su espíritu sigue vivo en la carrera anual ‘En memoria de Steve Prefontaine’, un circuito de 10 km que se disputa cada 15 de septiembre sobre su zona habitual de entrenamiento y en la que participan algunos de los mejores atletas americanos. Este año se celebra la trigésima edición y, caprichos del destino, ese día -desde hace 30 años siempre ha lucido el sol en el lluvioso Oregón.

Bill Bowerman, el orfebre del atletismo

“Dios determina lo rápido que eres, yo sólo puedo ayudarte con la técnica”, este era el recibimiento que daba Bill Bowerman a cada nuevo alumno que entraba en el equipo de atletismo de la universidad de Oregón. Eso, y un apretón de manos que podría romperte todas las falanges en un instante. Cuando en 1970 el novato Steve Prefontine conoció personalmente a su nuevo preparador, éste ya era una eminencia; había llegado a entrenador de la universidad en 1948, después de servir en la II Guerra Mundial en la 10º división de montaña (a quienes se les encargaban misiones realmente duras, como tomar por la fuerza bases enemigas escalando acantilados o montañas). Heredó el puesto de Bill Hayward, que –como él mismo– se hizo famoso por utilizar técnicas innovadoras en los entrenamientos. Bowerman compartía con Pre su pasión por el atletismo: a principios de los 60, en un viaje por Nueva Zelanda, Bill observó que la gente de aquel país corría sólo para mantener su forma física, por gusto. Idea que exportó a los EE. UU. y que popularizó, denominándolo ‘jogging’ o correr por el simple placer de hacerlo.

Su siguiente paso fue mejorar el calzado. La mayoría de los atletas de la época utilizaban zapatillas con suelas gruesas, que tenían dos problemas: añadían un peso extra a cada zancada del corredor -reduciendo su eficacia- y, más importante aún, al estar fabricadas de caucho con poca capacidad de absorción, toda la fuerza del impacto de la zancada contra el suelo incidía directamente sobre el pie del atleta, lo que provocaba lesiones en los tobillos y en la planta. Bowerman (quien se siempre será recordado por llevar su sombrero de ala ancha en una mano y la báscula en la otra) empezó a elaborar sus primeros prototipos de zapatillas con vistas a solucionar estas deficiencias. Para ello, comenzó a medir los pies de todos sus atletas y a coser a mano todas las piezas de cuero con el fin de que la zapatilla se ajustara perfectamente al pie de cada deportista.

El siguiente paso fue fabricar la suela definitiva. Bowerman probó diferente materiales sin dar con la solución definitiva, hasta que cierta mañana resolvió el acertijo mientras desayunaba tranquilamente unos gofres con su mujer. Nadie sabe si fue una epifanía, una idea genial o si prefería los cereales, pero Bowerman inventó otro uso para la plancha de hacer gofres de su mujer al verter caucho sobre ella. Con este heterodoxo método de fabricación consiguió una suela de material flexible, fácil de moldear, cómoda para el atleta, con capacidad de torsión, amortiguación y, lo más importante, ligera. El primer prototipo de zapatilla sólo pesaba 40 gramos y fue probada en exclusiva por Steve Prefontaine quien le dio el visto bueno tras correr con ellas una ruta de cross por los bosques de Eugene (Oregón).
Ninguno de ellos lo sospechaba, pero estaban haciendo historia: poco tiempo después Phil Knight, antiguo alumno de la universidad, contactó con su antiguo entrenador para intentar crear una nueva marca deportiva (que empezó llamándose Blue Ribbon Sport). Bowerman se convierte en diseñador de zapatillas para su antiguo alumno y, rápidamente, convinieron cambiar el nombre de Blue Ribbon por el de Nike, inspirado por la diosa griega Niké. Al principio vendieron sus primeras zapatillas directamente desde el maletero de la camioneta de Knight, pero con el apoyo mediático de Prefontaine primero, el tenista John McEnroe después y el definitivo impulso propiciado por Michael Jordan, la convirtieron en la marca de ropa deportiva más importante del mundo, con cerca de 26.700 empleados en todo el mundo y unas ventas por un valor superior a los diez mil millones de euros en el año 2006.
Bowerman además de revolucionar el mundo del deporte y la competición siguió trabajando como diseñador para Nike hasta su muerte en 1999. Durante todo ese tiempo buscó el consejo de muchos deportistas para desarrollar mejores materiales e introdujo las cámaras de aire en las zapatillas de atletismo. Todo ello movido por su obsesión: mejorar las condiciones de competición, empezando por el peso de las zapatillas. Su terquedad le llevó a desconfiar hasta de su propia marca. Una vez preguntó: “¿qué es esa pieza que está puesta en la zapatilla?” (se refería al 'swoosh', el símbolo de Nike que creó Carolyn Davidson, a la postre mujer de Knight, y por el que cobró 35 dólares), “Bill, es el swoosh, nuestro símbolo... ” “Pues quítalo, pesa demasiado”.