Aventureros: Carlos Soria

Una vida en la montaña

Escalar montañas de más de 8.000 metros de altura una vez superados los 60 años está al alcance de unos pocos elegidos. El abulense Carlos Soria es uno de ellos. Raúl del Campo

Tardó 48 años en poder cumplir su sueño: llegar a la cima de la montaña más alta del mundo, el Everest. Lo logró, finalmente, a los 62 años (solamente dos personas lo habían logrado a esa edad cuando él lo coronó). Antes había fracasado dos veces, pero el amor a la montaña, su tenacidad y esfuerzo, así como el apoyo de su familia -especialmente de su mujer Cristina- fueron claves para conseguir alcanzar la cota de 8.848 metros. En el camino se quedó algún amigo, pero él siempre decidió seguir hacia adelante… aunque sólo cuando la cabeza, y no el corazón, se lo aconsejaba. Su obsesión con el Everest comenzó a principios de junio del año 1953. Ese día escuchó una noticia que le dejó tan impactado y admirado como al resto de la humanidad: el neozelandés Edmund Hillary y su sherpa nepalí Tenzing Norgay, eran los dos primeros hombres que ascendían la montaña más alta del mundo y bajaban para contarlo. Se enteró de la hazaña después de un día de campo con los amigos, sentado en un banco en la estación de tren de Torrelodones. Ese día se prometió a sí mismo que algún día él también tendría el mundo a sus pies. Las primeras experiencias Pero cumplirlo no fue sencillo. Soria procedía de una humilde familia de tapiceros, oficio que no le atraía en absoluto pero que, ante la presión y los consejos de su padre, acabo aceptando. Tenía entonces sólo 13 años. Pero a Carlos lo que realmente le atraía era la montaña. Con 14, y sólo dos meses después de conocer la gesta de Hillary, realizó su primera excursión seria a la montaña: dos semanas en la sierra de Guadarrama acompañado de un amigo. En ese periplo de tiempo caminaron desde La Granja de Segovia hasta el municipio de la Pedriza (Madrid). Dormían en una especie de tienda de campaña que montaban con una lona de camión prestada. Colocaban ajos alrededor porque habían oído que ahuyentaban a las culebras. Es decir, aventura en estado puro de unos adolescentes que comenzaban aquí sus vivencias en la montaña, pero todo eso se les quedaba corto. Durante esta excursión pudieron contemplar a muchos montañeros con mochilas y cuerdas de escalada, pero aún eran demasiado jóvenes e inexpertos para afrontar ese reto. Uno de los últimos días, durmieron en el refugio de Peñalara y, al despertar, Carlos pudo contemplar el amanecer sobre un paisaje de agua, rocas y cumbres que le marcó de manera definitiva: “Está será mi vida. Estoy seguro. Esta sensación no la cambio por nada” se dijo. Y lo cumplió. Las excursiones empezaron a ser cada vez más habituales y complejas. Poco a poco fue aprendiendo las técnicas de la escalada, conocimientos que Carlos absorbía como una esponja. El material que utilizaba era tercermundista comparado con el que ahora se estila entre los montañeros: unas botas rústicas de aviador a las que rayaba la suela para que tuvieran dibujo y agarraran mejor, rodilleras de algodón, cuerdas de cañamo… Nada más alcanzar la mayoría de edad realiza, con un grupo de amigos, su primer viaje a los Pirineos. Al año siguiente decide conocer los Alpes franceses: allí toma contacto con el Dru, una pirámide de granito, puntiaguda, repleta de grietas y fisuras, situada junto a una lengua glaciar. Se tuvo que conformar con inspeccionarla, pero quedó completamente extasiado. Así que sólo un año después regresó y lo coronó: era un 28 de julio de 1962. Aquella montaña se convirtió en su primer gran amor. Montañero ganando reputación Su progresión como escalador era meteórica: a los 20 años ya era instructor de escalada en roca y, con 22, monitor y guía de la Escuela de Alta Montaña. En 1968, formó parte de la primera expedición española al Cáucaso: allí ascendió el Elbrus, la montaña más alta de Europa -5.633 metros-. Soria se había ganado ya una reputación como escalador. Prueba de ello es que tres años después, justo antes de viajar hasta Alaska para tratar de escalar el monte McKinley -6.194 metros-, el entonces príncipe Juan Carlos le recibió en audiencia junto a sus compañeros. La expedición fue un éxito para Carlos, quien logró coronar la espectacular montaña. Desde luego, acababa de demostrar que estaba preparado para retos más difíciles. Mientras tanto, compaginaba su trabajo en el taller de tapicería, que nunca abandonó con nuevas aventuras por el mundo. Pero su obsesión seguía siendo la cordillera del Himalaya y el Everest. Su primera oportunidad llegaría en 1973: diez montañeros españoles viajaron hasta Nepal para tratar de lograr el primer ochomil -nombre con el que se conoce a las 14 montañas de la Tierra que superan los 8.000 metros de altura- del alpinismo español. El objetivo era el Manaslu -8.124 metros-. Sin embargo, la meteorología no les acompañó y, a pesar de que lo intentaron con todas sus fuerzas, a 6.500 metros de altura y tras sufrir varias avalanchas tuvieron que darse por vencidos. Estuvieron atrapados durante varios días en el campo 2, azotados por un gélido viento. Después de varios aludes (“es el momento en el que más miedo he pasado en la montaña”, explica) tuvieron que huir a toda prisa abandonando todo el material. Carlos lloró de impotencia. Fue una terrible decepción para él. Después de aquello, se olvidó durante varios años de los gigantes del Himalaya. Se centró en su familia (su mujer Cristina a la que conoció, como no, en la montaña, y sus cuatro hijas, a las que desde pequeñas contagió su afición) y, en su compañía, realizaba excursiones mucho más modestas, pero igual de gratificantes para alguien que ama tanto la montaña. Pero, ¿eran realmente igual de gratificantes…? El ataque al Everest En realidad Soria seguía teniendo una cuenta pendiente. La oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando le llega ya con 47 años. Por fin le ofrecían una expedición al Everest. Lógicamente, no podía rechazar semejante oferta. Era el gran reto de su vida y Carlos lo afrontó como tal, dispuesto a dar hasta la última gota de sudor para cumplir uno de sus grandes objetivos vitales. Otros seis hombres le acompañaban en la expedición, no llevaban sherpas -una gran desventaja- y sus medios, aunque suficientes, eran limitados. Sin embargo, la meteorología volvió a cruzarse en su camino: empezaron a ascender, pero no podían atacar la cima ante el riesgo que suponía el fortísimo viento que soplaba. Tras pasar varias noches acampados, esperando pacientemente, tuvieron que rendirse. Lo contrario habría sido casi un acto suicida y Carlos tiene un lema muy claro cuando está en la montaña: “Sentido común, mucha precaución, arriesgar lo mínimo, buenas condiciones y fuerzas para bajar después de haber alcanzado el objetivo”. Un ejemplo de sensatez. Todos los que conocen bien la montaña saben que los excesos de fogosidad se pagan con la vida. Con la moral por los suelos comenzaron el regreso. A Carlos se le resistía su primer ochomil mucho más de lo que pensaba. Pero se hizo una promesa: algún día volvería para finalizar el trabajo. En 1990 volvió al ataque. El objetivo era el Nanga Parbat -cuyo nombre traducido significa la diosa desnuda-, de 8.125 Ya tenía 51 años, pero seguía mostrando una condición física envidiable para una persona de esa edad. Llegó convencido de que, esta vez, todo sería diferente; de que, por primera vez, le acompañaría la suerte. Y así fue. Lo coronó un 4 de agosto de 1990, a las 4 de la tarde. Era su primer ochomil. Todo había salido perfecto, pero antes había que descender al refugio más cercano, y se le había hecho tarde. Comenzó el descenso, pero a las siete de la tarde desaparecieron los últimos rayos de sol. Estaba a 7.600 metros de altura y a medio kilómetro de la tienda de campaña, situada en el campo 4. Toda una eternidad a esa altura y con semejante grado de agotamiento. Acompañado por Pedro Nicolás -un viejo conocido de las montañas-, trataron de buscar el camino de regreso. Pero la oscuridad, el fuerte viento y el cansancio acumulado eran más que un inconveniente. Tras varias y angustiosas horas deambulando, por fin, la tienda apareció frente a ellos. Estaban a salvo, pero la muerte había estado cercana. Su primer ochomil podría haberle costado muy caro. Tras éste, volvió a ascender otros dos ochomiles: el Gasherbrum II -8.053 metros-, situado en la cordillera del Karakorum, en Pakistán, y el Cho-Oyu -8.201 metros- en la frontera de Nepal con el Tíbet. Pero su asignatura pendiente seguía siendo el Everest: volvió a intentarlo en el año 2000, esta vez solo y con un presupuesto muy ajustado. Pero se topó de nuevo con el obstáculo del mal tiempo; ya era una cuestión de orgullo. Volvió a España con una sola idea en la cabeza: regresar cuanto antes. Tardó más de un año en reunir el dinero necesario para volver a intentarlo: finalmente, Ángel Barutell, jefe de relaciones externas de El Corte Inglés, quien ya había actuado como su ‘mecenas’ con anterioridad, acudió en su rescate. Y por fin… Al fin pudo volar a Katmandú, desde donde se trasladó a las faldas del Everest. Allí estaba de nuevo, ante su gran reto. Esta vez viajaba solo, pero en el mundo del alpinismo siempre te acabas reencontrando con algún viejo amigo de aventuras: en esta ocasión fue el argentino Juan Benegas, quien iba acompañado de un veterano montañero austriaco, Peter Gardner. Ascendieron hasta el campo 4, pero allí su sherpa se negó a acompañarle. Benegas y Gardner ya habían partido y Soria no estaba dispuesto a malgastar sus fuerzas discutiendo. Así que emprendió el camino en solitario, con dos botellas de oxígeno a la espalda. En esta ocasión el tiempo acompañaba, su ritmo era bueno y llegó sin problemas hasta el denominado Balcón del Everest, una pequeña zona de ‘descanso’ situada a 8.450 metros y, sin duda, el mirador más espectacular del planeta. “Fue el momento más emocionante de mi vida”, cuenta Carlos. Pero el trabajo no estaba ni mucho menos acabado, aún quedaban 400 metros hasta la cima. Reemprendió la marcha y, a los 8.700 metros cambió su primera botella de oxígeno. Demasiado Sacó la segunda botella pero, al ajustarla a la mascarilla, el oxígeno comenzó a escapar como si de un globo pinchado se tratase. La situación empezaba a ser desesperante pero, en esta ocasión, la suerte, que tantas veces le había dado la espalda, le acompañó. Willy Benegas, primo de Juan, descendía y le observó en apuros: se paró a ayudarle y localizaron la avería. Su regulador se había roto, Willy le prestó uno… pero ya sólo le quedaba media botella de oxígeno. Volvió a reemprender la marcha: “No subas. Mucho viento. Está mal y no tienes oxígeno” trató de aconsejarle Willy. A Soria se le vino el mundo encima, estaba tan cerca… “Tengo 62 años, es mi tercer intento y puede que sea mi última oportunidad”, pensó. Y en un ataque de rabia y olvidándose de su lema de precaución, decidió continuar. A las dos de la tarde del 23 de mayo de 2001, Carlos Soria conseguía alcanzar el sueño que había comenzado a imaginar 48 años atrás. Inmortalizó el momento con un pie en Nepal y otro en China, los dos Estados que limita el Everest. Por fin lo había logrado.