¿Quién tiene miedo a las alturas?

Un análisis sobre cuánto influye la altitud en el mundo del deporte

Con la decisión de la FIFA -el organismo que dirige el fútbol mundial- de prohibir la disputa de partidos a más de 2.750 metros de altura, la polémica sobre los peligros de practicar deporte en altitud ha vuelto con fuerza ¿Es esta medida una exageración? ¿Cómo afecta el entrenamiento en altura al cuerpo humano? - Tomás Verléin

Cefalea -dolor de cabeza-, nauseas y vómitos, falta de apetito, agotamiento físico o trastornos de sueño. Estos son los síntomas de lo que coloquialmente se conoce como ‘Mal del altura’ (hipoxia, en términos médicos). Se le llama ‘mal’, pero en realidad no es más que la reacción de nuestro cuerpo ante unas condiciones en el aire distintas a las que hay al nivel del mar. ¿Por qué sufrimos ‘mal del altura’? La respuesta es sencilla: porque nos falta el oxígeno -O2-. No es que haya menos oxígeno en la atmósfera -como mucha gente piensa-, sino que por encima de los 2.000 metros la presión atmosférica es menor que en el terreno llano. En la práctica, esto significa que las moléculas de oxígeno son empujadas con menos ‘fuerza’ por parte de la atmósfera hacia nuestros pulmones. La forma más fácil de entenderlo es haciendo una prueba práctica: inspira aire con todas tus fuerzas y después vuelve a hacerlo, pero tapándote una de tus fosas nasales; la segunda vez que inspires notarás que te llega menos aire a los pulmones, es exactamente la misma sensación que se tiene por encima de los 2.500 metros, donde se reduce más de un 50% la cantidad de oxígeno que recibimos. Cuando esto ocurre, nuestro sistema nervioso acelera el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria (lo que se denomina hiperventilación): es la primera medida que adopta nuestro organismo para intentar solucionar el problema de la falta de O2. Estas respiraciones rápidas tienen sus inconvenientes, ya que exhalamos más aire (en forma de anhídrido carbónico -CO2-) que el que aspiramos -en forma de oxígeno- y eso repercute en nuestros músculos, que no tienen el ‘combustible’ necesario para mantener su rendimiento. Además de esto, el cuerpo humano también compensa la falta de oxígeno produciendo un mayor número de glóbulos rojos, que son los encargados de transportar el O2 a todos los órganos del cuerpo a través de la sangre. Pese a ello y tal y como afirma Paquito X, médico del bla bla: “la capacidad física de una persona se deteriora entre un 2% y un 5% cada 300 metros”. La falta de oxígeno desemboca en un proceso que es el causante del agotamiento que provoca la altura, pero no la de los mareos o dolores de estómago, que se producen por la pérdida excesiva de CO2 que ocasiona la hiperventilación: nuestro sistema nervioso tiene un PH (http://es.wikipedia.org/wiki/PH) equilibrado, la falta de CO2 (que es un ácido) en la sangre provoca que ésta se vuelva alcalina (lo contrario al ácido) y que se produzca un desequilibrio que afecta al sistema nervioso, en forma de mareos, vértigo o incluso la pérdida de conciencia. La única solución para evitar el ‘mal del altura’ es descender en cuanto se empiezan a notar sus síntomas o ir adaptándose poco a poco a la altura. Estas dos medidas pueden ser viables en el caso de un montañero que va a escalar una cima (la aclimatación debe ser de al menos 14 días), pero parecen difíciles de aplicar cuando hablamos de equipos de fútbol que, normalmente, viajan al país donde se disputa el partido tan solo un par de días antes de que se juegue. Sin embargo, también hay que tener en cuenta que el ‘mal del altura’ no afecta por igual a todas las personas y, además, todavía no se han descubierto los factores por los que algunos deportistas (sean jóvenes o viejos o con mayor o menor tono y forma física) tienen más tendencia a sufrir los trastornos de la altura en sus cuerpos.